María magdalena
Era una tórrida noche de verano en la que el cuerpo de María estaba enraizado en un poderoso falo, en medio de uno de tantos lechos en los que se había unido carnalmente con un sin fin de hombres.
Era una tórrida noche de verano en la que el cuerpo de María estaba enraizado en un poderoso falo, en medio de uno de tantos lechos en los que se había unido carnalmente con un sin fin de hombres.
Hace muchos, muchos años, en un tiempo en que el mal aún no había entrado en alguno de nuestros futuros protagonistas, había un pequeño reino en un frondoso valle llamado Melbur. Los habitantes de Melbur vestían todos de alegres colores y en sus casas siempre había comida, sin tener que esforzarse en gran medida, pues Melbur era todo él un jardín lleno de muy variados y apetitosos frutos.
Miren ahí, queridos espectadores, no, a la izquierda, no, en el frondoso bosque, no. Miren hacia la derecha, en el barranco tampoco, más al centro, en la explanada. Ahí ¿pues no los ven? Los caballos salvajes dando vueltas en un sentido y en otro, llevados por un movimiento febril, como las abejas en su colmena.