Mi cabeza
Una habitación cerrada, toda la vida de un joven y enfermizo adolescente. Una burbuja de plástico, una campana de cristal.
Una habitación cerrada, toda la vida de un joven y enfermizo adolescente. Una burbuja de plástico, una campana de cristal.
Hay un diminuto ángel de la guarda en mi vida, que en vez de tener dos grandes blancas alas con las que cobijarme, posee un pequeño rabito negro que menea de forma entusiasta dándome no desdeñables momentos de felicidad.
Salía un inusual sol de otoño, que caía sobre París para ser testigo privilegiado de la muerte de María Antonieta. Meses atrás la reina había perdido a su rey y, con él, a su corona despojándola de todos los lujos que habían adornado su existencia.
Los miserables, sí, aquellos que sólo se siente importantes cuando con sus juicios aniquilan al que tienen enfrente, hacían de la mujer día tras día una figura más diminuta y llena de sufrimiento.
Hoy era el día de la gran celebración en el país de los colibríes. Desde hacía justo cincuenta años cada veintiuno de junio, fecha del cumpleaños del sátrapa que gobernaba la nación, se procedía a realizar un enorme desfile, en donde bandas de música tocaban melodías oriundas de esas tierras...
Iba el granjero recogiendo los huevos de sus gallinas mientras sentía un gran orgullo por ellas, pues casi todas le habían salido muy ponedoras y decimos casi todas, en este relato, porque una le había resultado estéril. Dicha gallina se ubicaba en la última jaula de ovíparas y el granjero ya no sabía qué hacer para que esta pusiera huevos, de tal forma que cierto día, en un arranque de mal genio, abrió la jaula de la gallina y la echó del recinto de las jaulas, pero no de la granja, pues, a pesar de todo, sentía por ella cierto afecto.
Era un día desapacible y poco dado a salir de casa. Ya hacía bastantes jornadas en las que no había acudido a la iglesia precisamente a causa de esas inclemencias del tiempo que, a menudo a las personas más sensibles a la falta de luz, les hacen amilanarse y quedarse en el hogar , enroscados, como un ovillo de lana, sobre la cama.
Llega la noche, que no puede presumir de que esté llena de estrellas que titilan en el vasto universo. Llega la noche fría, como si estuviera metida en un enorme congelador al igual que se meten los peces muertos del mar con sus expresiones petrificadas y ausentes. Llega la noche y con ella el hombre del saco, que se acerca sigilosamente a la casa que está suspendida en medio de la salvaje naturaleza.
En su blanco lecho la muerte fue a visitarla de forma esperada, pues ya era mucho el tiempo en que estaba padeciendo. Pero no sólo sufría dolores físicos sino también hondas penas del alma, que son las peores. En esos instantes, lejos de agarrarse al mundo, como la mujer de un tal Juan de Nazarín, se dejaba querer por el ocaso.