Maremagnun
Como un guante a medida
Dios mío, muchas veces me he rebelado yo contra la Cruz que me das, pues me parece muy pesada. Pero poco a poco una luz de tu divina presencia en mi vida me hace discernir, con la fuerza de un relámpago, la idoneidad de mi Cruz.
Cabeza desván
Con el paso del tiempo, mi cabeza, antaño jardín de belleza y de alegrías, se ha convertido en un desván que me hace ir con ella gacha cuando camino, dado el enorme peso de mi sufrimiento.
Besos
Una huérfana entra en el gran zoológico de la vida, ya que piensa que el desamparo que sufre bien puede mitigarse por el cariño que muy a menudo ofrecen los animales. Una osa panda y su cría son los primeros mamíferos con los que se topa. La gran osa da lametazos a su joven vástago con la intención de limpiarlo de la suciedad de un barrizal en el que se ha metido y la huérfana, lejos de disminuir su sufrimiento, como ella pensaba, lo ve aumentado al contemplar los besos que la osa le prodiga a su hijo.
Abro los ojos
Abro los ojos. La lente desenfocada de mi vista barrunta una blanca cofia de enfermera, que se acerca a mi cara en actitud maternal, como cuando una madre aproxima su cabeza a la cara de su hijo, que yace boca arriba sobre la cuna. Comienzo a recuperar la consciencia. Descubro quien soy yo, donde estoy, porque estoy allí. La dura realidad vuelve a ocupar no un mullido sofá, sino una torturadora silla eléctrica, que es sobre la que descansa mi vida.
Ángel perverso
A veces en las plazas, en las avenidas, en las calles de mi ciudad, ya sea verano o invierno, de día o de noche, se me aparece una niña, siempre pulcra, con su pelo rubio brillante...
Ofelia en el diván del sicoanalista
María, abogada de la gracia
Con sus grandes, alargadas y huesudas manos de bruja, que acababan en finas y ganchudas uñas, la pérfida mujer cogía una pequeña muñeca, hecha de madera, y en ella iba clavando mortíferas agujas. Cada aguja que clavaba en la figura se traducía en un grito hondo, que brotaba del vulgo, hacia la persona humana que la muñeca representaba.
Las nanas de la muerte
¡Caronte, Caronte! Una voz ronca y desgarrada de mujer llamaba débilmente a Caronte desde la orilla de la vida hasta la otra, la del inframundo. El barquero, con su lenta parsimonia, hacía como que no oía, pero tal fue la insistencia de la mujer, que se acercó con su barca, sumido en un profundo desanimo hacia ella ¿Qué quieres? buena mujer, le preguntó, secándose con un pañuelo el sudor de su frente.
La mujer de lo pasos perdidos
La mujer de los pasos perdidos es una actriz del movimiento. Por sus ojos penetra un ritmo de pasos que se suceden por el asfalto de la ciudad. Cada forma de caminar es interiorizada por ella de tal forma que, intuitivamente, para esta, los pasos se convierten en acusados rasgos de personalidad que tiene el portador de ese caminar.